DE MEMORIA Y OTRAS YERBAS

DE MEMORIA Y OTRAS YERBAS 

Era una tarde de otoño, el frio cortaba la cara y las hojas de los árboles caían como en caída libre por un viento que azotaba implacablemente en el centro de Montevideo, y al caer se pegaban al piso por una llovizna cruel que no cesaba, de esa lluvia que es buena para el campo, porque penetra bien en la tierra, pero que en la ciudad te moja sin que te des cuenta. 

Recuerdo que la gente caminaba por el centro con paraguas que se rompían, bien abrigadas y sin entender el frio que hacía para esa estación del año. 

Entendiendo que mucha gente no tenía más remedio que estar allí, porque trabajaban, el consumismo en el país estaba en su plenitud por lo que los locales comerciales tenían que estar atentos porque se llenaban de gente, personas que iba a comprar, personas que esperaban que el tiempo mejore y otras personas, que simplemente entraban motivadas por otros factores externos a ellas que la hacían salir de su casa. 

Recuerdo perfectamente la imagen de aquella señora en aquella sucursal de 18 de julio. 

Era una señora mayor, perfectamente arreglada y abrigada, había bajado de un auto que la esperaba en la puerta del local, un auto manejado por un chofer, ya que ella llego en el asiento trasero y en aquel momento no existía el Uber. 

Entro al mismo sin mirar a nadie y por lo tanto sin saludar (solo por educación la gente saludo cuando entra a un local comercial, ya que realmente no tiene ninguna obligación de hacerlo), no obstante, el personal, que, si tiene esa obligación, le dijo ante esa impetuosa entrada Buenas tardes, saludo que no fue correspondido ni siquiera con una mirada. 

Fue directamente a donde estaba la ropa interior exhibida y se quedó como petrificada en un conjunto de ropa interior, por aproximadamente media hora, tiempo de espera del chofer y del personal que no sabía cómo encarar esta situación tan extraña, hasta que una compañera se acercó y saludándola nuevamente con un cálido buenas tardes, le pregunto si la podía ayudar a lo que ella respondió que no, que solo estaba mirando y después de 40 minutos exactos, se retiró sin más, se fue al auto, hablo algo con el chofer y se fue, como si el tiempo no existiera en su vida. 

Años más tarde, en una charla que tuvo de atención al cliente, dirigida en Montevideo shopping, nos fragmentaron los tipos de clientes que entraban a un local, y uno de ellos me hizo acordar inevitablemente a aquella señora que entro un día de frio y lluvia al local de 18 de julio, acompañada por un chofer, que la espero 40 minutos en la puerta. 

Hay personas que escapan a sus problemas personales y van a locales comerciales a solamente distraerse y sin tener necesidad de comprar se quedan horas y horas mirando mercadería como una distracción a esos problemas que la acosan y por lo general son susceptibles a sentirse incomodas cuando la vendedora la encara y por eso son agresivas con ellas y contestan mal. 

Recordando esto, no puedo dejar de pensar si aquella mujer, bien vestida, con chofer, que aparentaba no necesitar nada material, logro ser feliz y allanar su camino hacia la felicidad, solucionando los problemas personales que la acosaban. 

Ojalá se halla dado cuenta que a veces el dinero no es todo, y que hay pequeñas cosas que dejan nuestra alma en paz y feliz y que no pasa por tenerlo todo. 

Gracias y hasta mañana. 

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